miércoles, noviembre 4, 2020

La historia de amor, que creó la flor de cempasúchil

La historia de amor de dos jóvenes Aztecas, dio paso a la creación de la flor de cempasúchil, esta leyenda que cuentan los ancestros

Esta leyenda, cuenta la historia de amor entre dos jóvenes Aztecas, que dio paso a la Flor de cempasúchil, que ahora utilizamos para adornar a nuestros fieles difuntos en los primeros días de noviembre.

Xóchitl y Huitzilin se conocían desde niños, se divertían jugando juntos por todo el pueblo y su alrededores, con el tiempo y de forma muy natural entre ellos surgió un gran amor, que fue floreciendo mientras crecían.

Cada tarde subían a lo alto de la montaña para llevarle flores al Dios del sol, Tonatiuh, quien parecía sonreírles desde las alturas, y recibía su ofrenda. Ahí, una tarde de cálida brisa, juraron amarse por siempre, incluso, más allá de la muerte.

De pronto un día, ya siendo unos jóvenes, se desató la guerra entre los pueblos prehispánicos, y tristemente los amantes tuvieron que separarse, ya que Huitzilin debía cumplir con la obligación de luchar por su pueblo.

Se tomaron de las manos, y en un dulce beso, se despidieron en espera de que él volviera, para llevar a cabo el rito de su unión oficial.

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Llegaron malas noticias

Desgraciadamente, lo único que llegaron fueron malas noticias, el joven guerrero Huitzilin fue herido y perdió la vida en la batalla sangrienta.

La bella Xóchitl sintió que su corazón se quebraba de dolor, y pensó en subir una vez más a la montaña, a implorar a Tonatiuh, que conocía de su autentico amor, que los uniera por siempre.

El dios Tonatiuh, se conmovió, y lanzó sus rayos, para convertir a Xóchitl en una hermosa flor, con colores tan brillantes e intensos, como los mismos rayos del sol.

En momentos, llegó un colibrí y muy delicada y amorosamente se posó en el centro de la flor. Era Huitzilin, quien fue transformado en un hermoso colibrí.

La flor, rodeada de amor, se abrió en 20 pétalos, y dejó escapar un aroma misterioso e intensamente delicioso. Que atraía al Colibrí cada día.

Era la flor de Cempasúchil, que existiría mientras la pequeña ave de gran corazón volviera a posarse cada tarde en ella.

La polinizaba, y llevaba sus esporas por todo el campo, en donde surgieron alfombras de la bella cempasúchil que justo en épocas de otoño reabre sus pétalos y deja salir ese aroma misterioso, que hace honor a la muerte y al amor.

Ahora la hermosa cempasúchil adorna los altares y las ofrendas a aquellos que ya no están, pero que recordamos y amamos, con todo el corazón.

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