Quiso hacer pasar el crimen como un robo, pero la policía la cachó con las manos en la masa tras descubrir que hasta magia negra utilizó
Miren, sobrinos, la cosa está así. En la ciudad de Luton, en Reino Unido, vivían las hermanas gemelas Saima y Sabah Khan, quienes eran uña y mugre, o eso pensaba todo el mundo. Saima era madre de cuatro chamacos y vivía muy quitada de la pena con su esposo, Hafeez Rehman, y su hermana menor bajo el mismo techo. Pero ¡ay, Papantla!, lo que nadie sabía es que Sabah le tenía puesto el ojo al marido de su hermana y, lo que es peor, llevaban como cuatro años dándose sus escapadas a escondidas mientras la pobre Saima se rajaba el lomo trabajando.
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Un día, la tragedia estalló. Hallaron a Saima sin vida en el pasillo de su casa, toda maltratada. La Sabah, bien actuada la condenada, les dijo a los polis que ella estaba bañándose y que cuando salió se topó con la horrible escena, jurando y perjurando que unos cacos se habían metido a robar.
Pero, como dice el dicho, “cae más rápido un hablador que un cojo”, y los investigadores empezaron a ver cosas que no cuadraban. Resulta que la mujer, días antes, se fue a comprar un cuchillo de cocina bien filoso y, para acabarla de amolar, los agentes encontraron bolsas escondidas en su cuarto con ropa llena de sangre.
Conforme le rascaron al asunto, salió a la luz que Sabah estaba obsesionada con el cuñado. La muchacha quería quedarse con el hombre a como diera lugar y hasta anduvo buscando en el internet cómo matar gente y qué venenos usar sin que te cachen.
Pero lo que más dejó con el Jesús en la boca a los vecinos fue que la doña hasta contactó a gente en Pakistán para pedirles que le hicieran “trabajos” de magia negra a su propia hermana para que se peleara con su esposo. Pagó millones de pesos en brujería, pero como el amarre no le funcionó, pues decidió tomar el camino corto y más sangriento.
Al final, aunque quiso fingir que rompieron una ventana para entrar a robar, las cámaras de seguridad la delataron comprando el arma y sus propias mentiras la hundieron. La justicia británica no se tentó el corazón y le dieron cadena perpetua por andar matando a su propia sangre.
El marido, por su parte, se peló un tiempo a Pakistán, se volvió a casar y regresó como si nada, aunque la familia de la difunta ya no lo puede ver ni en pintura. ¡Mucho ojo con quién meten a su casa, sobrinos, que hasta en la familia sale el peine!
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