La Tamalera asesina: La mujer que asesinó y cocinó a su esposo

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María Trinidad Ramírez, harta de los abusos de su esposo hacia sus hijos, lo mató y cocinó en tamales

CIUDAD DE MÉXICO.- Esta es la historia de “La tamalera asesina”, la mujer que asesinó y cocinó a su esposo para proteger a sus 5 hijos de sus abusos.

La Tamalera de los Portales: Una historia escalofriante

María Trinidad Ramírez Poblano era una mujer humilde y trabajadora. Tras haber sido abandonada por su primer esposo, se dedicó a hacer tamales y venderlos en Los Portales para sostener a sus 5 hijos. Años  más tarde, unió su vida en sagrado matrimonio con Pablo Díaz, un peluquero. Aunque al principio pensaba que su hogar estaba completo, pronto descubriría lo contrario.

Una noche de julio de 1971, Pablo había llegado borracho del trabajo a violentar a su esposa e hijastros, a quienes les había prohibido cenar ya que habían manchado varias de sus prendas al saltar en la cama.

Con el cinturón, el hombre comenzó a “enseñarle” sus hijastros sobre el orden y la limpieza. Con cada cinturonazo, una lágrima caía del rostro de María quien, harta de sus abusos, decidió que esa misma noche iba a ser el fin.

Tras haber finalizado la hora del castigo, finalmente Pablo volvió a sentirse tranquilo. Después de que María puso a los niños en la cama, el peluquero se sentó en el sillón frente a la televisión y se durmió viendo las noticias.

María cerró la puerta de la recámara de sus chiquitos y, con la misma, agarró un bate de su hijo mayor. Se acercó lentamente hacia su esposo y le metió un golpe en la cabeza. El padrastro de los niños no tuvo tiempo de reaccionar, pues un segundo batazo lo hirió de muerte. Su cuerpo ya estaba convulsionando cuando María, asustada de lo que había hecho, decidió terminar con su todo. Nadie jamás volvería a tocar a sus niños.

Angustiada porque en cualquier momento sus pequeños podrían salir de su habitación, comenzó a pensar rápido sobre cómo deshacerse rápida y eficazmente.

Comenzó a esconder su cuerpo por toda la ciudad

Con toda la pena del mundo, fue con su vecina y le pidió un hacha. Le dijo que necesitaba partir el ocote para encender el brasero. Con sus manos hábiles para la cocina, comenzó a desmembrar el cuerpo de su esposo y colocándolo en costales para abandonarlos en diferentes partes de la ciudad.

 Los niños, acostumbrados al ruido que hacía su progenitora cuando trabajaba la masa por las noches, no se dieron cuenta de nada.

Tras haber escondido el cuerpo, comenzó a hacer la masa y los tamales para vender en la mañana. Lavó sus prendas lavadas de sangre y continuó con su vida con normalidad.

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Durante 3 días, cada madrugada cortaba y escondía los restos de su esposo. Sin embargo, era una carrera contra el tiempo: pronto descubrirían el crimen. El lunes 19, por la mañana, estalló el escándalo: parte de los restos fueron encontrados a un costado de la casa 508, calle Sur 71-A, Colonia Justo Sierra, al sur de la ciudad.

Los vecinos del rumbo se dieron cuenta de un asqueroso olor. Al principio pensaron en pollos en descomposición, sin embargo, luego abrirían los sacos para ver de lo que verdaderamente se trataba.

Cubiertos con bufandas, unos  policías procedieron a descoser el costal del que brotaron moscas verdes. Apareció un pie humano, cubierto de un calcetín azul. Abrieron otro costal, dos piernas. Y otro más, un tronco decapitado.

El fotógrafo de la entonces Jefatura de Policía tomó decenas de fotografías; buscó y rebuscó la cabeza sin resultado. Mendiolea ordenó a los agentes que inspeccionaran el predio y removieran un poco la tierra y los montículos de basura, sospechando que la cabeza podría estar enterrada la cabeza en algún otro sitio. La búsqueda resultó inútil. Los peritos dactilógrafos tomaron las huellas digitales de las manos del muerto, que por su gran tamaño correspondía a un hombre corpulento. Introdujeron los restos en bolsas de polietileno y lo trasladaron en una ambulancia de la Cruz Verde al Servicio Médico Forense.

La verdad siempre sale a la luz

 Los agentes Gonzalo Balderas Castelar, Juan Ayala Ángeles y José Cabrera, dirigidos por el mayor Jesús Gracia Jiménez acudieron a una casa semidestruida, rodeada por niños jugando. Tocaron la puerta y descubrieron a María Trinidad, quien respondió secamente a sus preguntas.

—Señora, su esposo está muerto.


Trinidad no se movió, no masculló palabra ni se inmutó. Cerró los ojos, sus párpados y sus labios temblaron. El rictus de su boca fue más notorio. Los policías esperaban que la mujer estallara en llanto, se conmoviera o se pusiera histérica al saber lo ocurrido. Todo lo contrario, permaneció impasible, indiferente y sus ojos brillaron de pronto. 

—Acompáñenos a la Jefatura de Policía.


Trinidad guardó silencio; no preguntó a los investigadores por qué debía ir a ese lugar. Sumamente nerviosa pidió permiso para ponerse un suéter, ya que el viento comenzaba a soplar. Se despidió de su hija que, recostada en la cama, leía un cuento y se disponía a apagar el radio, que anunciaba el fin de la novela Los Huérfanos por la estación XEW. La niña se asustó al conocer la muerte de su padrastro, y se preocupó sobremanera al ver que su progenitora era conducida a la jefatura.

Confesó toda la verdad

Trinidad declaró que lavó muy bien la sangre que se derramó del cuerpo de Pablo. Escondió su ropa bajo el colchón de la cama, limpió cuidadosamente el hacha y el cuchillo que utilizó. Depositó la cabeza en un bote alcoholero con capacidad para veinte litros y la hirvió. Guardó en el costal el resto del cuerpo, ocultándolo debajo de la cama para que no lo vieran sus hijos y su yerno. Tratando de aprovechar el cuerpo, le arrancó trozos de carne de las piernas. Utilizó esa carne como relleno de los tamales que vendió en los días siguientes, ahorrando así un poco de dinero. Mucha gente comió la carne humana sin saberlo.

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