El relajo escaló hasta que las cariñosas le rompieron su equipo al ciclista por andar grabando donde no debía
Lo que uno se viene a enterar en las redes sociales. Resulta que en la mera calzada de Tlalpan, allá en la selva de asfalto de la Ciudad de México, se armó un tremendo relajo que dejó a todos con el ojo cuadrado.
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Todo empezó cuando un chavito que andaba en su bicicleta, de esos que se creen muy modernos porque traen su cámara pegada al casco para grabar todo su camino, pasó por una zona donde trabajan varias “cariñosas”.
Lo que para el ciclista era un simple paseo, para las muchachas fue un insulto y un riesgo a su privacidad, porque las estaba grabando “directo al rostro” sin preguntar ni decir agua va.
La cosa se puso color de hormiga en un abrir y cerrar de ojos. Las trabajadoras, al ver que el chavo las estaba filmando, se sintieron acosadas y temieron por su anonimato, así que le marcaron el alto.
De los puros gritos pasaron a los manotazos, y una de las mujeres, que no se anda con juegos, le arrebató parte del equipo y ¡zaz!, que lo tira al suelo hasta que quedó hecho pedazos. El pobre ciclista se quedó frío viendo cómo su inversión terminaba en el piso, mientras que la tira de la Secretaría de Seguridad Ciudadana llegó volando para ver qué estaba pasando.
Aunque los policías le dijeron al muchacho que podía levantar su denuncia por los daños, el chavo prefirió no hacer nada porque dijo que era pura pérdida de tiempo.
El caso ya puso a debatir a media humanidad: por un lado, los ciclistas dicen que graban para protegerse de los locos al volante, pero por el otro, los colectivos de derechos humanos dicen que grabar a estas mujeres es una forma de violencia que las expone al estigma y hasta a crímenes de odio.
La verdad es que se armó un vacío legal muy grueso, porque aunque es legal grabar en la calle, también hay que tener respeto por la gente que vive en situaciones vulnerables.
Al final, lo que quedó claro es que en este mundo tan turulato hace falta mucha educación para que el derecho de uno no le dé un santo trancazo a la privacidad del otro. ¡Qué cosa tan más complicada, me cae!
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